La materia oscura

Movier arrojó sobre la mesa el puñado de exámenes con sus fuerzas vencidas y su propia conciencia a punto de desmoronarse. Tomó unos segundos de respiro mirando riguroso al techo. Repasó los últimos días concienzudamente, o al menos, los momentos que consideró de mayor revelancia. Entonces pensó que si algo le esperaba fuera de su habitación cabía la posibilidad de que se hubiera esfumado. Volvió su mirada al fuego del hogar. Se incorporó, estiró sus músculos hasta hacerlos despertar y con la mano apoyada en su costado se acercó al vestidor. Abrió el primer cajón de la cómoda, sacó una cajita que contenía tabaco y una vieja pipa tallada en cedro y se dispusó a rellenarla procurando no derramar ni una sola brizna de tabaco. Arrimó una cerilla a la boca de la pipa. Cubrió la lumbre con la palma de su mano. La encendió. Inspiró con fuerza unas cinco veces. Recogió el tabaco con la pipa encendida y se dirigió junto a la ventana del salón. Se calmó momentáneamente cuando vio el entramado lumínico de Viena extendido sobre ambos lados del Danubio. Pensó de nuevo en el joven físico Alemán, en sus escandalosas teorías, y en la deficiente ventilación de su alcoba, que comenzaba a llenarse de humo.

Lo peor de toda esa situación, o de su vida en general, era que ese joven tenía razón. Si sus calculos eran exactos, si pudiera demostrar su teoría, la disciplina entera podía quedar reducida a un simple club de aficionados. ¿Que sería del profesor Walmar y todos los deterministas que poblaban las universidades europeas ? ¿qué harían a partir de ese día? ¿podrían afrontar lo que se les venía encima? ¿en el peor de los casos, que prevalecería: el orgullo o la decencia?. Y lo que atemorizaba a Movier no era esa teoría revolucionaría, ni le perturbaba en modo alguno el destino del legado de Newton, que para él estaba más muerto que vivo, ni siquiera la posible perdida de su puesto de adjunto en el Döblinger conseguía robarle el sueño. Lo que temía sin medida era que Walmar, desde el principio, estaba en lo cierto. Que, tal y como él decía, la profesión entera moraba un nido de serpientes, que no había más opción que adentrarse a tientas y desnudos en la noche en llamas, que él solo era otro soldado desangrándose en la nieve, que tan solo quería ser recordado.

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