El sur

Era tan fácil andar con Marta descuidándose de esas pequeñas y a la vez tan nimias cosas, esas cosas que llaman tangibles, las cosas que acaban importando a la gente, que decíamos siempre que nuestra cédula revolucionaria era definitivamente una cédula de dos, un promontorio pequeño pero excelso desde el cual mirábamos al mundo y los veíamos (a los demás) cual hormiguitas o cual niños pequeños en pos de algo cuya esencialidad o crucialidad del todo se nos escapaba. Y era en estos momentos tan absurdos o tal vez tan pagados de si mismos que no veíamos alcance al día en que ésta cédula de dos se rompiera o se quebrase. Moríamos por cazar instantes, conspirabamos por velar nuestra exclusiva condición de locos soñadores, aquellos momentos en los que nos sentíamos inmortales e infinitos, gigantes de rasgos amables y honestos que habían decidido vivir en la clandestinidad más absoluta, en una atalaya apartada de la superficie austral de los hombres, allá donde la vista no alcanza o alcanza solo para algunos, para un día hacer no se sabe muy bien qué. El tiempo y la vida que se encontraba fuera de esos momentos tan felices se encargaría de deshacerlos como tormos en vetas de arenilla. Y sucedió que, muy a mi pesar, Marta tuvo la astucia de saber bajarse de ese promontorio a tiempo, antes de que llegara la inevitable ventisca de realidad, mientras que yo, confiado y amodorrado (menudo imbécil), me quedé ahí, atrapado en mi mismo, pensando estúpidamente en mis verdades, en los escurridizos círculos del tiempo y en que Marta volvería en cuanto menos lo esperase. Y así es cómo empecé a envejecer, a perderme lo presente y lo vivido, a verlo todo, no injusto como antes, sino fatal, trágico, irresoluble, un desengaño que me abarcaba a mi mismo y a cuanto me rodeaba, y, lo peor de todo, le perdí el sentido a las cosas, y reclamé a mis dioses (que para mi son los literarios) convertirme en la estatua de sal insalvable que hoy me avergüenzo ser.

Quizá a estas alturas de mi vida debería mirar hacia adentro, como ahora miro, y confesar, para dejar claras de una vez por todas las motivaciones que se esconden tras mi desviada conducta y para quitarme un peso de encima, que en ocasiones busco consuelo en el azar, en la apuesta que supone transitar en soledad por ciudades desconocidas, por lugares apartados que nunca imaginé visitar (normalmente por cuestiones de trabajo), en un vago intento por salir de la rutina. Pero nunca, por más que camine sin orden ni concierto, me ocurre nada fuera de lo común. Y entonces, cuando vuelvo al hotel aburrido y desilusionado, persiguiendo a un tiempo las mezquinas paradojas que las grandes urbes plantean y el lejano y paciente bagaje de los astros por el cielo, me traiciono a mi mismo e imagino un reencuentro fortuito con Marta. Una casualidad acaecida al capricho de las hadas que me aguarda a la siguiente vuelta de la esquina. Como si ambos, desorientados y confundidos, mellados en nuestras capacidades, erosionados y vencidos por el tiempo, fracasados vitales o fracasados sentimentales (que viene a ser lo mismo), hubiéramos navegado a la deriva todos estos años y nos encontráramos en el lugar menos pensado, como si llenáramos de orden y consecuencia otro locus horribilis, como si anidáramos en las antípodas de lo soñado. Un momento que en mi cabeza se ha convertido en algo más que una argucia contra el olvido, en algo más que un referente, en un clavo ardiendo, algo parecido a una distopía mental, si lo pienso fríamente, en mi peor y más fiero enemigo, en un inhóspito umbral del dolor, en un bote salvavidas repleto de fugas de agua, tan inalcanzable como esas líneas que tiemblan sobre el horizonte, como un mantra espectral que me acompaña, sigiloso y humeante, allá dónde voy. Mi santa Compaña, mi lastre del pasado, una de esas lecciones de vida que hubiéramos preferido evitar, mi propio Aleph invertido, una abertura estrecha y también inabarcable del espacio-tiempo desde la cual mi mente eclosiona y mira en dirección a todos los puntos posibles, dando rienda suelta a los intentos de enumeración caótica que bullen en mi cabeza, fingiendo ser de nuevo ese Dahlmann frágil y osado que plantado frente al cielo del sur empuña con firmeza su cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

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