Caspe 1412-1936

Alfredo, y Álvaro y José Luis con alguna pequeña acotación, me explicaron concienzudamente la historia del castillo, la raíz de su importancia, y de paso, un poco de la otrora importante y convulsa historia de Caspe. No sé si puedo manejar toda la información de aquella noche. Pero más o menos esto es lo que saqué en claro. Perdonen el desorden. El castillo de Bailío, construido en el siglo XIII, baja edad media, de acuerdo, estuvo vinculado por siempre a la orden templaría de San Juan y a la Colegiata de Santa María la Mayor que linda y se confunde con él. A la iglesia ya venían a parar peregrinos venidos de distintos lugares, incluso de lo que ahora conocemos como Italia y Francia, por lo menos a partir del siglo XIII. Cuentan que aquí nació San Indalecio, uno de los peregrinos que siguió al Apóstol Santiago por España y uno de los que vieron aparecerse a la virgen en el Pilar en Zaragoza, su casa en el pueblo todavía sigue en pie, al lugar lo llaman “Callizo de la infanzonía”. Hasta aquí todo bien. Aviso. Nos adelantamos en el tiempo. Siglo XV, los Sanjuanistas ya han abandonado el lugar, el castillo de bailío sigue en pie, pestes, enfermedades, incendios de la iglesia, reconstrucción de esta en estilo gótico que se acerca a su aspecto final. La localidad de Caspe en su punto álgido, encrucijada y lugar de paso obligado en el vasto reino de Aragón, que crece y crece. Siglo XV, 1410, muere el rey Martin el humano sin dejar descendencia, gobierno vacío, miedo en la población e incertidumbre en las cortes del reino. Varios son los candidatos a ocupar su lugar. Los más fuertes: Fernando rey de castilla y el Conde de Urgell de Barcelona. A partir de aquí la unidad del reino está en peligro, intrigas palaciegas, lucha de favores. Los dos bandos están claros. La familia de Luna (partidarios de coronar al Conde de Urgell) asesina al obispo de Jaca (favorable a la proclamación de Fernando rey de Castilla). Voy a decirlo claro y alto. Crisis, amenazas de tomar las armas, un joven reino se enfrenta a una guerra. Por otro lado, afortunadamente, los contactos diplomáticos de figuras del clero como Fray Vicente Ferrer logran que representantes de todas las partes del reino (Castilla, Aragón, Barcelona y Valencia) acepten dialogar serenamente y reunirse en Alcañiz. Conjeturas en sacristías, mensajeros a caballo de un lugar a otro, conversaciones a sotto voce en los castillos y monasterios. Finalmente, acuerdan reunirse en la localidad turolense de Alcañiz para evitar una guerra que parece inevitable. Prosigo. Las conversaciones avanzan a duras penas, pero avanzan. Se acuerdan los términos de la futura negociación. Hace falta un lugar dónde reunirse, con buen entendimiento deciden que ese lugar sea la encrucijada del reino, Caspe, que cuenta con su castillo- palacio y es un lugar simbólico debido a su situación geográfica. Doce hombres, en su mayoría hombres de Dios, representantes de cada uno de los rincones del reino y con igualdad de voto decidirán el sucesor del trono de Martín el Humano, llegando así a una solución pacífica del conflicto, a estos hombres se los llamará compromisarios. Al buen juicio de estos se deja el destino del reino.

Caspe. año 1412. los doce compromisarios discuten y liman sus diferencias en favor del bienestar de sus pueblos y de su joven reino. Negocian, se enfadan, a punto están de romperse las conversaciones en más de una ocasión. El reino y sus habitantes siguen a lo suyo pero un silencio y un viento viciado como de un desgarro invade las calles y plazas, los mercados y los campos de cultivo, las dehesas y las aguas crecidas del Ebro. Los compromisarios mantienen conversaciones privadas entre ellos, luego todos juntos. Fray Vicente Ferrer se erige cómo el eslabón que mantiene unida la cadena hasta el final, no en vano es respetado y escuchado por todos los compromisarios. Los tiempos fijados para las negociaciones llegan a su fin. El pueblo se impacienta, los candidatos a la corona se impacientan, estallan los disturbios en varias localidades. Los compromisarios resuelven encerrarse en la sala principal del castillo de Caspe y no salir de allí hasta que lleguen a una solución. Fray Vicente tira, empuja, arrastra las buenas voluntades de los allí reunidos para llegar a una decisión final que sea la más favorable a las gentes del reino. Afuera, en la calle, bajo la iglesia, a pocos metros de dónde estábamos cenando, una muchedumbre entera contiene la respiración. De pronto, un anunció al alba se enciende y serpentea por todo el reino como la pólvora, las negociaciones han llegado a su fin. A los pies de la colegiata, Fray Vicente Ferrer, el hombre que luego será elevado a la santidad, proclama que se ha llegado a una solución pacífica y consensuada, y que será firmada y aceptada por todas las partes interesadas en el litigio. No habrá guerra, la sangre no se derramará, la corona de Aragón permanecerá unida, la palabra ha vencido a la fuerza, Fernando de Castilla es el nuevo Rey.

Después de está increíble y novelesca historia, que a decir verdad yo no había ni oído hablar en mi vida, la historia se convierte, cómo tantas otras veces, en un borrón negro y vergonzoso. El Castillo tendrá varios usos en los siglos venideros. Fortaleza, palacio para los nobles de la zona, o escenario de juegos infantiles. Sufre saqueos y actos vandálicos debido al abandono de las autoridades y al olvido de gran parte de sus vecinos. Sus salas en otro tiempo lujosas se utilizan como cárceles durante las guerras Carlistas. Más expolios de sus piedras, más abandono mientras algún Caspolino predica en el desierto recordando su glorioso pasado y maldiciendo su inefable presente. Pero todo, que parece dominado por esa ley no escrita pero sí muy española, irá a peor. Olvido y negación de su importancia histórica. Siglo XX, más expolio, la gente piensa en el comer y no en la memoria de las piedras, dicen quienes lo disculpan. Llega la república y todo sigue igual, el castillo es una cantera cómoda y cercana al núcleo urbano, más olvido, más vergüenza, más silencio. 1936. Con el levantamiento militar el castillo ya empieza a estar en auténtica ruina. Lo único que resiste en buen estado son las bodegas, la parte subterránea. Llega un bando, luego otro, y entre medio, se quema la iglesia y sus imágenes y retablos. También acaecen fusilamientos, hombres apresados por decir lo que pensaban o pensar lo que callaban o por no se sabe muy bien qué son encarcelados en las dependencias del castillo. Sus firmas y sus últimos pensamientos, me cuentan, permanecen allí, a la espera de caer con la última piedra. Una mañana con el cielo todavía oscuro los despiertan a golpes y los sacan de sus celdas. Los ponen enfrente de una pared de la calle hospital (que macabra ironía) con los ojos vendados. Se oyen a un lado y a otro de los rifles proclamas malgastadas al aire, ruido de disparos, pájaros huyendo en desbandada. Estas frases son adornos míos, licencias que por serlo no son menos ciertas. La guerra continua, llega el bando contrario a la ciudad, ajusticiamiento, más cárcel, más persecución, más noches frías en las celdas de Bailío, más inscripciones de desesperación en sus paredes, más mañanas de neblina apestando a pólvora, más silencio y dolor, silencio y dolor.

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La versión de Marta

Según Marta, Donato simplemente nos había relatado una parte significativa de su infancia. Había crecido en Aguascalientes, a mediados de los años setenta, mucho antes de la llegada de los turistas. En aquella época, hasta allí sólo se acercaban equipos de arqueólogos y algún aventurero más o menos loco y despistado. En una de esas expediciones llegó un arqueólogo francés, y cómo en aquella época no había hoteles (de hecho dudo de que hubiera pueblo, a lo sumo una aldea, o una comunidad de campesinos), el francés se hospedo en casa de la familia de Donato a cambio de una generosa contribución a la economía familiar. Obviamente, ese fue el origen del hostal familiar en el que dormíamos, o mejor dicho, en el que no dormiamos. El señor francés, que venía de la Sorbona, hizo pronta amistad con Donato y su familia. En las largas jornadas de lluvia, mientras la actividad de la selva se detenía por completo y no había nada que hacer salvo aburrirse, le enseñó ciertas palabras en francés, palabras del tipo “Mondie, j´te aime, felonie”, esas palabras francesas que todo el mundo sabe, pero que en esa zona apartada de la selva y en esa época en particular debieron sonar a Dios Creador o a un mundo nuevo que llega. Y así, entre trago y trago, nos relató como acabó convirtiéndose en el ayudante de confianza del arqueólogo y que lo seguía allá dónde fuera, portando sus herramientas que parecían más las de un artista que las de un saqueador de tumbas, o ejerciendo de recadero o mensajero entre el grupo de excavación y el grupo de estudio que se había instalado permanentemente en en el pueblo.
El arqueólogo francés subía un par de días por semana a supervisar las excavaciones en Machu Pichu, mientras que el resto de los días se quedaba estudiando, catalogando y embalando los restos arqueológicos en un granero que había sido comprado por la Sorbona para utilizarlo de almacén. De ahí el interés de Donato por el francés y que no entendieramos la mitad de lo que decía, pues Donato nos recitaba algo que se había aprendido de memoria más de treinta años atrás, pero que no sabía muy bien lo que significaba. Ni siquiera sabía si era un poema, una canción tradicional francesa o un conjunto de frases sueltas.
La historia, en resumen, prosiguió más o menos así. El francés llamaba a Donato su “petit porteur”, lo llevaba consigo a todas horas, lo nombró (extraoficialmente) su consejero en los temas concernientes a la fauna, las costumbres, creencias y cualquier duda relacionada con la vida diaria de la aldea. A cambio de estos servicios le pagaba unos soles al finalizar la semana, le impartía unas clases particulares básicas, y le contaba como la primera vez que veías Paris desde el mirador del “sacré coeur” se te cortaba la respiración y te entraban unas ganas inmensas de llorar. Pasó la pascua y la primavera y buena parte del verano con la familia de Donato. Celebró con ellos los antiguos rituales de cambio de solsticio, cuando el dios sol vira el rumbo de su errancia por los cielos anunciando nuevos tiempos de recolección. En los ratos libres Donato llevaba al arqueólogo a visitar bellas y escondidas riberas del río o espectaculares cumbres de la zona, a veces zonas que no habían sido contempladas por los viajeros occidentales, por lo que se puede decir que había total confianza y que pasó a ser como uno más de la familia. Hasta que un día, en plena época de lluvias, el arqueólogo fue llamado para acudir a una zona remota de México. El filón de Machu Pichu se había agotado, hay que decir que más temprano que tarde, y no quedaba mucho que hacer allí. Lo más sustancial del final de la historia era que Donato había salido en una foto de una prestigiosa revista de divulgación científica (Marta aseguró que hablaba de National Geographic). Revista que el arqueologo francés se molestó en mandar a Donato junto a una carta escrita un poco en francés y un poco en castellano en la que le decía que le había encantado conocerle y que un día volvería de visita, por puro placer, y que esperaba ese día con impaciencia, pues guardaba un gran recuerdo del pueblo de Aguascalientes y de la amabilidad de sus gentes. Lo malo del asunto es que no sabremos nunca si el arqueólogo volvió o no al lugar. La historia era bonita y entrañable, una buena anécdota para contar a un extraño, eso hay que reconocerlo. Pero para ser sincero, el final en estos casos es lo de menos. Lo importante es el gran potencial y las múltiples posibilidades que la historia ofrecía.

El hallazgo de John Doe

Ese dibujo, que tuvo que soportar las inclemencias del invierno Alemán y la húmeda primavera francesa y los vaivenes propios de una compañia de infanteria en continuo movimiento y las típicas confusiones de equipaje en el buque que lo trajo de vuelta a América y que fue expuesto por primera vez en una exposición promovida por los veteranos de guerra de Orlando en el año 1964, hoy es una de las piezas preferidas de la colección privada del magnate de las finanzas John Doe, que lo compró por más de veintemil dólares a un coleccionista Limeño obsesionado con la segunda guerra mundial. Los motivos de su adquisición aún no están claros ni siquiera para el mismo John Doe, que se vio practicamente obligado a comprarlo ya que formaba parte de un lote más grande que contenía joyas tales como unos anteojos pertenecientes al mismísimo Dr. Muerte, Aibert Heim , y una pitillera que formaba parte del dispensario que Goobles dejó preparado para su hipotética huida a algún lugar de América latina, aunque algún experto le ha asegurado en más de una ocasión que lo más probable es que se tratase de una falsificación. Sea como fuere, John Doe compró ese dibujo y, como ocurre con muchas obras de arte, ese dibujo paso desapercibido dentro de su extenso archivo documental, hasta la mañana de Agosto de 1963 en la que para entretener a su nieta Doris le enseñó algunos objetos de su colección. De entre un fajo de papeles que él suponía de poco valor sacó el dibujo y lo vio, o mejor dicho, lo observó por primera vez, sin prestarle atención, como quién pasa fotografías a gran velocidad. A continuación, se lo enseñó a su nieta, que no mostró ninguna señal de entusiasmo. Lo volvió a mirar, esta vez con tranquilidad, esta vez con la ingeniudad necesaria, y vio a Jans y Martina y, según sus propias palabras, pudo reconocer Berlín. Es decir, no lo reconoció, más que nada porque no había estado en Berlín en su vida, sino que, so pena de equivocarnos, podríamos decir que lo sintió, que olió la polvora de las bombas y escuchó al viento gris batiendose en retirada y pisó el pavimento agrietado de Berlín y recorrió en un abrir y cerrar de ojos cada una de sus calles, y entonces supo que estaba ante una ilustración importante, una ilustración heredera del movimiento expresionista, pero con una sensibilidad más cercana a Caravaggio o a el Bosco, pintores por otra parte sumamente dispares, pero que en el dibujo desgastado y harapiento y algo estropeado que sostenía en sus manos confluían como algo único y nuevo. Los días siguientes se sucedieron frenéticos, John Doe canceló sus citas de trabajo y se dedicó a estudiar más detenidamente la obra, lo hacía siempre que consideraba que había hecho un descubrimiento importante. John Doe en su despacho. El dibujo colocado sobre un atril, en su mesa de trabajo. Sobre el dibujo, una lupa con luz blanca. John Doe frente al dibujo, frente a ese lugar monstruoso que remite a Berlín, frente a Jans y Martina, frente al alma atormentada del soldado Scott. John Doe haciéndose la preguntas adecuadas. ¿A que o a quién se debía la ausencia de firma?, ¿Quién fue el ilustrador?, ¿tenía formación académica? y si tenía formación ¿A que escuela pertenecía?, El autor ¿sobrevivió a la guerra?, ¿seguirá vivo?, ¿seguirá dibujando?, ¿tendría por casualidad, alguna ilustración más de él?, ¿cómo pudo el coleccionista Limeño, que era conocido por su minuciosidad y buen gusto, pasar por alto la valía del dibujo?, ¿le había estado esperando el dibujo, precisamente a él, escondido en ese fajo de documentos?, ¿Cual sería la fecha exacta de datación?. ¿Noviembre, diciembre, enero de 1949?

John Doe alimentándose a base de café y cigarros que fumaba en el patio interior de su mansión de estilo español, sentado junto a la fuente que presidía el patio, regando para distraerse una línea de macetas con kalas tropicales que la franqueaban, el único lugar de su mundo que lo relajaba. John Doe pasando las noches en vela, observando el dibujo, perdiéndose en la intrahistoria del dibujo, y haciendo una lista de todo lo que en él intuía: rabia, resignación, soledad, derrota, sobre todo derrota, pero no una derrota normal, como sería una derrota deportiva o una derrota personal o una derrota profesional, sino una derrota anunciada, una derrota que empieza en el primer esbozo del dibujo y que se extiende por los marcos físicos del papel, y que a medida que John Doe se acerca a la verdad se multiplica, se exponencia, se derrama fuera del papel, se vuelca como un tsunami por su despacho y por su archivo documental y por sus patios interiores de estilo español, una derrota esperada, casi deseada, !casi buscada¡. Una derrota dolorosa pero que significaría el fin de la guerra, una derrota dulce al fin y al cabo, una derrota que huele a hogar, a reencuentros con el pasado, a amaneceres limpios, a todo lo que abandonamos pero no olvidamos y deseamos traer de vuelta con nosotros. Una derrota que mira a los ojos a John Doe y le dice “este es siglo XX y tú sólo eres un hombre, un pobre imbecil”. Y John Doe no supo que hacer en un primer momento, así que se recluyó un poco más para poner en orden sus pensamientos. Él no había luchado en la guerra, él no había visto la muerte en su versión mas primitiva y descarnada, él no había dormido junto a cadáveres y no había enterrado con sus propias manos a sus camaradas y menos aún había matado alguien, ni siquiera esa era una idea que se le hubiera pasado por la cabeza. John Doe frente al arte pero sobre todo frente a si mismo. John Doe llamando a su marchante. John Doe esperando en su despacho, encerrado a cal y canto, pensativo. ¿Así debió sentirse el descubridor de Van Gogh?, ¿Así debió sentirse el primer lector de Kafka?. ¿Para esto sirve el arte, para que suenen los “Eurekas!” en los rescoldos del tiempo?, ¿para qué imbéciles como yo nos sintamos vivos e importantes?.

Manual del caminante

Durante el día, sobre todo de lo que va de octubre a marzo, camina por las aceras soleadas. Por las noches explora las callejuelas, te resguardaran con afán de abuela del impenitente viento. No hagas caso del miedo generalizado a ser atracado. Sólo podrán robarte aquello que temas perder. Además, las posibillidades de que te pase algo malo son muy inferiores a la posibilidades de que te pase algo bueno. Escucha. Observa. Husmea. Orientate. Maneja con soltura el norte y el sur, el este y el oeste. Pero no te obsesiones. Hazlo de manera gradual y los secretos de la ciudad se te abrirán misteriosamente y sin esfuerzo. Evita las esquinas cerradas y las aglomeraciones de gente, eso es para otro tipo de animal muy distinto. Tómate tu tiempo. Respira hondo y tranquilo, no tienes prisa ninguna, toma como indicadores de dirección las hileras de árboles y mira como la luz del mediodía dibuja sobre ellos un escorzo imposible. Siempre es igual, pero cada vez es único. Sonríe amablamente cada mirada que se cruze en tu camino. Cuando te canses un poco y sientas tus piernas endurecerse sientate un rato en un banco cualquiera y observa a la masa dominada por las prisas. Verás entonces que el tiempo puede ser tu mejor aliado si te decides sinceramente a ignorarlo. Avanza siempre con la espalda recta, la barbilla y la mirada en noventa grados. No querrás tener que dejar de caminar por el simple hecho de caminar. Con el tiempo relacionarás las fechas y las horas con los mejores lugares. Planifica una ruta. Síguela. Coincide con el turno de trabajo de esa camarera tan simpática de ojos profundos y tómate con ella un café. Escucha sus penas, pero no le cuentes las tuyas. No des ni un resquicio de confianza a los malos pensamientos. Librerias, muchas librerias, si son de viejo, mejor que mejor. Alimentate. Sé uno de esos díscolos que pasea comiendo una manzana como si el mundo no fuera con él.

Mercados, paseos, parques, jardines, bulevares, avenidas, museos, corredores, puentes, travesías, pasarelas, escaleras, caminos, campos a través, sendas forestales, junglas salvajes, paises lejanos, cualquier superficie vale.
Escucha música callejera. Quedate hasta el final de la actuación del violinista y échale unas monedas, no seas tacaño. !No hagas rutas por el amor de Dios¡. Elige unos buenos zapatos. No los que más reluzcan, sino los que te sean más cómodos. Maneja los tiempos sin manejarlos. Término medio: Que cuando estes en casa añores la calle y cuando pasees añores tu hogar, si es que lo tienes.

Los extraños son conocidos. Los árboles agitan sus hojas. Las paredes proclaman al aire sus verdades y puede ser que los edificios también mueran. La belleza nace de cualquier cosa. La brisa varía. La ciudad varía e incluso tú varías más de lo que desearías. Pero no te queda otra que salir a la calle y seguir caminando hacia adelante, hacia adelante, hacia delante, siempre hacia adelante.

¡Resiste Europa!

En el año 1952, a lo largo de una primavera especialmente convulsa, la única obra publicada de Jans cosechó importantes premios. Uno de ellos, quizá el más prestigioso, o el que gozaba de mayor dotación económica, lo recogió en la mismísima Paris, ceremonia que se celebró en uno de los mejores salones del hotel Ritz de la capital francesa, lugar que venía a ser un templo de Dionisio para muchos grandes escritores de la época a los cuales Jans y Martina admiraban, y que rebosaba de fastuosos licores y lujosos manjares e impecables salones que dejaron a Martina sumida en un estado alterado de conciencia, como si todos esos poemas con los que Jans la enamoró años antes estuvieran cumpliéndose verso a verso, estrofa a estrofa, rima a rima. Tal vez fuera por eso o por el amor que le profesaba que Martina escuchó emocionada como Jans evocaba en su discurso de aceptación del premio las peculiares circunstancias de la creación de su última obra, y como arrojó en su particular oratoria más madera al siempre mitificado asunto del misterioso origen y naturaleza de la creación literaria. Palabras textuales, Jans dijo que se consideraba un mero observador, un testigo más o menos objetivo de la vida, un humilde cazador de palabras, un sacrificado arqueólogo de la condición humana, y que al escribir rodeado por todas esas cartas que por un motivo o por otro no habían llegado a su destino, éstas lo habían escogido a él como único destinatario, y de ahí la rebuscada sencillez de sus historias, la verdad que desprendían cada una de sus fabulaciones y la siempre trágica y conmovedora tristeza de sus personajes. Acabó su discurso asegurando que un libro es una carta, una carta interminable dirigida a un lector, a todos los lectores, a los que no leen porque les deja indiferentes y a los que no han abierto un libro en su vida, una carta dirigida a la misma eternidad, al vasto espacio-tiempo y a todo lo que el hombre ignora y no ve y que está por descubrirse allá en los futuros lejanos. Como no podría ser de otra manera, también se acordó de la guerra, de su lógica espeluznante, de sus trincheras de sangre y sus batallones de barro, de sus crímenes enterrados en la memoria, del hambre y la miseria, de la indignidad, de la rebelión del átomo, de sus salvajes acometidas en Hiroshima y Nagasaki, de sus calculadas matanzas en los campos de exterminio y de los vacíos negros y profundos que abrió para siempre en la perdida y temorosa alma de los hombres de posguerra. El público congregado contuvo la respiración, podría decirse que de emoción o de espanto. Martina vio caer un par de lágrimas desde sus mejillas hasta el gélido suelo de mármol del hotel Ritz. Secó esas lágrimas como pudo, procurando no llamar la atención. Miró a un lado y al otro, como si acabará de despertar de una desafortunada pesadilla, y sintió a su alrededor los abismos de la Europa tambaleante y desesperada, pero sobre todo sintió el poder degradador de la lejanía como una punta de lanza clavada en su costado, y se vio a si misma pequeña, insignificante, casi imperceptible, al comprobar cuanto distaban de si misma los franceses y sus compatriotas alemanes y los británicos y esos salones del hotel Ritz y los recuerdos que la despertaban a medianoche y los sentimientos de felicidad que le embargaban hacía meses y en definitiva toda o casi toda la singladura de la civilización occidental. Y de pronto volvió a la realidad, como si hubiera caido del cielo sin que nadie se hubiera percatado, y pensó que su marido Jans era un demente, un demente peligroso para ella y su familia, y que nunca nada volvería a ser igual.

La obsesión de Bingham

Hiram Bingham, descubridor oficial de Machu Pichu, licenciado en economía y profesor de historia en Harvard a principios del siglo XX, era gran aficionado a la antropología y a la arqueología, y soñaba con emular los grandes descubrimientos del antiguo Egipto en el continente sudamericano. Cuando llegaba Junio y el periodo lectivo de Harvard finalizaba, Bingham se retiraba a la casa de campo de sus padres, situada un par de condados más al sur, en la frontera entre Nueva Inglaterra y Carolina del Norte. Y se encerraba en la biblioteca del caserón familiar a leer a los egiptólogos con un cuidado y una atención y una emoción no menos que extraordinarias. Pero no se quedó ahí, ni mucho menos. Pasó en el verano siguiente a estudiar los textos de los conquistadores y los pocos estudios sobre civilizaciones precolombinas existentes sin una razón aparente, simplemente porque se lo pedía el cuerpo. De esta floreciente obsesión al resultado final de sus estudios pasaron innumerables noches sin dormir, conferencias ante plateas vacías, articulos no faltos de polémica, aburridísimos simposios , delirantes clases magistrales, atestadas galas de beneficiencia de la alta sociedad, fiestas en las que las élites norteamericanas reían y bebían despreocupadamente mientras que él salía a la terraza a que le diera el aire fresco, solo, abandonado él, incomprendido por sus colegas de departamento, el profesor de historia deseoso de saltar los límites de su profesión y de esas fincas de la alta sociedad norteamericana para irse de expedición a una región cuasi salvaje del inexplorado continente americano, el hombre que ya no ríe en los corrillos ni alaba el trabajo de nadie debido a que está demasiado perdido en el suyo, el hombre al cual sus compañeros empiezan a tratar de loco o al menos de excéntrico , y los que no son compañeros suyos lo tildan de usurpador, de necio ignorante o de simple dislate, y más aún desde que en las fiestas -en las que por condición social le corresponde ser invitado- se sale de los corrillos sin pronunciar palabra como un duendecillo apestado y sale a la jardines y a las terrazas de las casas victorianas y los recorre incansable admirando a la luna de grandes trazos y perdiéndose en no se sabe qué disparatados pensamientos y que encima, para colmo, luego va diciendo algo por ahí de la noche americana, de lo incierta y gruesa que le resulta últimamente la mirada norteamericana, palabras que siempre despiertan las risas de los invitados y que al día siguiente se comentan en los pasillos de Harvard y pasan a ser de dominio público y principal reclamo del cachondeo general que existe entorno a él.

la enfermedad del despertar

Martina, en cambio, pasó la mayor parte de esos días en la cama, durmiendo o intentando dormir, convencida de que el sueño que tuvo la noche del entierro del pequeño Alex se iba a repetir en cualquier cabezada. Cuando no podía dormir salía de la habitación sin prestar la menor atención a su marido y a su hija. Se sentaba en una mecedora junto al balcón y se pasaba las horas mirando embobada la única foto del pequeño que tenía en su poder, sin apenas comer o hablar. Jans de vez en cuando le decía cualquier cosa, a veces auténticas trivialidades, en un vago intento de que Martina saliera de si misma, pero Jans también seguía vitalmente noqueado y lo hacía con escasa convicción, y no hacía otra cosa que observar la figura serena de su mujer perfilando el atardecer de Berlín, que esos días parecía un ocaso interminable, un horizonte enrojecido perpetuo, un fotograma atascado en la máquina de proyección. Cuando no podía más Martina volvía a la cama y dormía o intentaba dormir, pero no soñaba con el pequeño Alex como ella deseaba, sino con Jans caminando por un dorado campo de trigo al amanecer, un campo inhóspito y solitario encuadrado por varias laderas rocosas, sosteniendo su libro abierto con una mano y gritando -que no leyendo-, cada uno de sus capítulos. A Martina esa imagen de su marido repetida una y mil veces en sus sueños comenzó a hastiarle. ¿Cómo era posible que en sus sueños no apareciera ni el menor atisbo o recuerdo de su hijo Alex?. ¿La convertía ese olvido onírico en una mala madre?. ¿Qué significaba ese sueño?. ¿Era ese Jans el mismo Jans que aprovechaba para meterse en su cabeza cuando ella dormía o era una imagen de Jans que su loca imaginación había creado? ¿A qué venía el campo de trigo? ¿Era un trasunto de la abundancia de la tierra, de la terquedad mostrada por Jans a lo largo de su vida o era la muerte, el inmenso responso de la muerte, la negra masa invasiva de la muerte que avanzaba en sus sueños bajo las apariencias más impensables e inocentes y era ese Jans (el del sueño) el único que la hacía frente, una especie de héroe mitológico que desafiaba a la muerte con la lectura de su estúpido libro? ¿Era ese maldito libro y esa viciada vocación de Jans lo único que le quedaba de su hijo muerto? Por otro lado, ¿Porqué proclamaba su primera y en definitiva única obra a los cuatro vientos, si no había nadie más en ese campo de trigo que atendiera sus vocerías? Todas estas preguntas rondaron las horas de vigilia de Martina durante meses, primero de manera obsesiva, casi enfermiza, y en los meses siguientes el eco de estas voces se fueron calmando, diluyéndose en la rutina diaría poco a poco, más no desaparecieron. Cada cierto tiempo reaparecían de repente, a veces como un relámpago, a veces como un grito en un acantilado, a veces como mosquitos de agua saltando de una charca a otra, provocando en Martina un malestar cercano a una arcada que le impulsaba vomitar y que venía siempre acompañado de un mareo y de un leve principio de asfixia.