El Monte do Gozo

Dejé Caspe a la mañana siguiente. El pie me dolía un poco pero ya había bajado por completo la hinchazón. Cuando me fui aún había neblina y las farolas exhalaban una luz naranja y corta. Salí del pueblo en dirección a Zaragoza y tomé el camino marcado en amarillo hacia el final de mi siguiente etapa, Escatrón. Desde lo alto de una colina tomé un respiro y me quedé mirando el pueblo de Caspe envuelto en esa luz de verano que casi no te puedes creer, como hago con todos los lugares que me llegan de verdad.

Y perdonen por empezar de manera desordenada mi historia. Repaso mis escritos, no a diario, pues eso sería un ejercicio de onanismo literario, y sólo me veo reconocido en las personas y lugares que describo. Lo demás, mis pensamientos poco brillantes e incluso las cosas que me han pasado y que he sufrido en mis carnes me parecen ahora vana literatura, ligera y a menudo incierta verdad. Las campanas del obradoiro acaban de dar las ocho de la tarde. El cielo está plomizo. A buena fe que descarga con virulencia y piedad su agua (esto no es una invención), y los ríos de gente salen ordenadamente de la catedral. Poco a poco se dispersaran por esta constelación de calles como colas de cometas apagándose entre las estrellas. La vía láctea. La estrecha vereda. La tristeza y compasión del camino que cae cómo esta lluvia borrascosa, como esta lluvia Atlántica, como esta lluvia regia, al llegar a su final. El caldo de ternera se está enfriando. Permaneceré acurrucado enfrente de la ventana un poco más. De todo esto, una mala nueva: mis pies ya no son mis pies, son una masa informe de pellejo, huesos y queratina que tienen vida propia. Me manejan a su voluntad y van dónde quieren, hacen lo que quieren, me llevan dónde quieren. Dicen que del camino surgen ideas increíbles, pero no son ideas, eso lo sé yo. Y ahora lo saben ustedes. No se viene al camino a pensar, no señor, se viene a caminar, se viene a desfallecer, se viene a conocer extraños o a extrañar conocidos o a olvidarnos de todo y abandonarlo en las lindes de los senderos, a levantar Castillos, a convivir con el asombro y con lo extraño. Un ejemplo andante, yo mismo. Cuando salí de Tortosa era un medio muerto, un Golem, un bebe canceroso abrazado a la muerte. Ahora soy otra cosa, no sé muy bien qué pero soy otra cosa. Mis hijas. Yo diría que soy la mezcla imperfecta de mis dos hijas. Ha cesado de llover y caen, melosas, las últimas aguas de la tarde. He empezado por en medio a repasar mi diario pues no sabía por dónde empezar. Son tan difusos los inicios y tan claros los finales. Escribiría un libro, si tuviera ansias de inmortalidad les juro que escribiría un libro. Pero no lo haré. Me conformaré con leerme de vez en cuando y reescribirme y contar viejas historias de viejo y recuerdos, recuerdos.. Me conformaré con contar un poco de lo que pasé. Y con decir, a viva voz y a Santiago entero, que me llamo Sebastián, para algunos Sebastián el peregrino cojo, que tengo cincuentaytres años, y dos hijas, que mi mochila está llena pero hoy no me pesa, y que hoy, a mediados de septiembre de dos mil diez, al fin, he llegado a Santiago.